La práctica de la psicología clínica está muy influenciada (a veces excesivamente) por el tipo de escuela, formación terapéutica… recibida por el psicoterapeuta. Esta premisa abre un debate irresuelto sobre la necesidad de generar cuerpos teóricos comunes para todos los profesionales y fomentar, al mismo tiempo, la posibilidad de que cada cual pueda especializarse, identificarse con determinadas formulaciones que le permitan alcanzar su propio estilo personal sin restarle en eficacia. Desde el ámbito académico se realiza un esfuerzo por condensar las aportaciones más relevantes e introducirlas de forma ordenada en un cuerpo teórico con sentido para los estudiantes. Al mismo tiempo es una tarea que afecta a todos los profesionales facilitar y complementar esta labor aunque no formemos parte directa de la academia.
Personalmente, considero que la aportación de la Gestalt al campo de la psicoterapia ha sido totalmente decisiva. Es lógico pensar, que siendo mi formación gestáltica y habiendo realizado gran parte de mi trabajo personal y profesional bajo la influencia de esta escuela, tenga una preferencia notable y pueda sobrevalorar esta aportación. No obstante, más allá de preferencias personales, creo de justicia enfatizar el cambio que, apoyado en tres elementos conceptuales nuevos, la irrupción de la Gestalt generó en la forma de hacer y en la misma definición psicoterapéutica. Estos tres elementos de cambio, que sustentan la filosofía gestáltica y que siguen teniendo plena vigencia son:
- Preponderancia de lo actual. Supone una mayor valoración del presente frente al pasado o el futuro y, en su momento, genera un cambio en la orientación de la mirada del terapeuta y en la formulación del proceso terapéutico que pone más énfasis en el cómo que en el por qué. Al mismo tiempo, la puesta en valor de lo presente frente a lo ausente, aunque tomando en consideración que todo lo acontecido, se hace presente en la vivencia actual. Finalmente, el predominio del acto frente a lo simbólico que había constituido el objeto principal de visiones anteriores.
- Valoración de la atención y aceptación de la experiencia. Se pone especial énfasis en el darse cuenta a partir de la propia experiencia, incluyendo al síntoma
como parte de la misma e integrándolo como la mejor forma adaptativa a la que la persona tuvo acceso para sobrevivir. Hoy es algo comúnmente aceptado y sin embargo, en su momento supuso un giro copernicano, ya que implica la aceptación del síntoma como parte del todo existencial y hace que la terapia no se base en la lucha contra él y persiga su eliminación a toda costa.
- Puesta en valor de la responsabilidad. Es el cliente el “dueño de su proceso” y el que, a través de su trabajo y la toma de conciencia, puede alterar el curso de los acontecimientos, generando respuestas auténticas y adecuadas a cada situación. Ello convierte al terapeuta en un acompañante del mencionado proceso, rompiendo de esta forma las dependencias del cliente, que a partir de esta concepción se convierte en el auténtico protagonista de su vida.
Desde que Fritz Perls realiza su contribución al mundo de la psicoterapia son muchos los que hemos estudiado su teoría, enriquecida por otros gestaltistas que en vida del mismo o posteriormente han realizado sus contribuciones. Además de los conceptos básicos mencionados existen dos formulaciones gestálticas aportadas por él que definen la visión de la práctica psicoterapéutica y tienen especial relevancia a la hora de caracterizar esta, tanto desde el punto de vista del cliente como desde el punto de vista del psicoterapeuta.
Psicoterapia organísmica.
Ante la división artificial que se hacía del ser humano considerando el cuerpo, separado de la mente, lo físico separado de lo psíquico…y en el mejor de los casos, concibiéndolo como una suma de estas partes, la Gestalt desde sus inicios contempla a la persona como una totalidad en la que no hay diferencia, y la instancia orgánica y psicológica están unidas y adquieren su dimensión existencial en la propia conducta.
No hay por tanto, preponderancia de una u otra puesto que ambas constituyen lo humano.
El organismo así contemplado como una unidad, está en continua interacción con el ambiente. Ello implica que ambos, organismo y ambiente, están en continua interrelación condicionándose mutuamente y es imposible concebir el uno sin el otro.
Al igual que desde la psicología de la forma se entendía que la figura está íntimamente relacionada con el fondo y no es concebible su existencia al margen del mismo, puesto que este la contiene y define, el ser humano no se puede concebir sin estar inmerso en un ambiente. La conducta, por tanto, es la expresión de las diferentes maneras en que el organismo funciona, reacciona e influye en el ámbito total en el que se halla inmerso. Ello significa que, en principio, no existe diferencia entre la conducta que podemos denominar enferma o la conducta normal puesto que la diferencia entre una y otra vendría dada por la capacidad que tiene el organismo para satisfacer sus necesidades en relación con el ambiente sin oponerse de una forma radical y violenta a las demandas del mismo.
Desde que nacemos tenemos unas necesidades que satisfacer y un contexto que genera determinadas demandas a las que, “de la mejor manera posible”, hemos de ajustarnos. Es decir, de forma natural, ponemos nuestras capacidades al servicio de la satisfacción de las necesidades, siempre en relación y con relación al mundo exterior en el que nos hallamos.
La enfermedad no es por tanto, un fallo en la estructura o funcionamiento del organismo, sino que enfermamos cuando las sensaciones que experimentamos producen en el organismo una situación o estado de desorden que impide realizar adecuadamente la puesta en servicio de las capacidades propias de su naturaleza.
De forma natural se establece un ajuste que permite la satisfacción de necesidades en relación con el ambiente, y una adaptación paralela al ambiente, que permite la relación “nutritiva” con el mismo. Contemplado desde este punto de vista, reiteramos que la conducta sería fruto de ese proceso de contacto-retirada que se produce en un fluir natural y saludable, y las alteraciones en el mismo (cuando no se produce la satisfacción de necesidades o la propia adaptación) darían lugar a la patología. “El hombre que puede vivir en un contacto significativo con su sociedad, sin ser tragado completamente por ella y sin retirarse completamente de ella, es el hombre bien integrado” (Perls 1973, pg.36-38)
Por tanto, el sí mismo (self) sería el proceso de ajuste creativo entre el organismo y el medio y los fenómenos psicológicos se producirían en esta frontera entre el sí-mismo y el mundo: frontera de contacto.
La vivencia del desajuste al que hemos hecho referencia, genera angustia y la experiencia de un estado caótico que se expresa a través de una conducta rígida, con aparición de múltiples síntomas. Esta vivencia, que cursa con sensaciones de peligro y destrucción (no siempre necesariamente reales), lleva a actuar de forma desordenada y a utilizar todos los mecanismos que permitan evitar esos estímulos negativos que lo ponen en peligro.
Escucha activa.
Considero en este momento necesario abundar en la acción del psicoterapeuta y su actitud en el proceso. Para ello, me detendré en lo que denominamos escucha activa que supone un sentido amplio del concepto. Escucha, entendida como un estar atento, despierto, no solamente a lo externo, a lo de fuera, sino también a lo interno, a lo que sentimos y percibimos ante ello. Esta escucha no solo ha de ser realizada por el psicoterapeuta, sino que forma parte del aprendizaje que el cliente hace respecto de sí mismo y en relación con los demás.
La primera dirección en la que planteamos esta escucha es de tipo interno, hacia dentro. Implica la capacidad de tomar conciencia de sí mismo y poner atención a los procesos que se despiertan ante lo que escuchamos, percibimos del otro. Es decir, que la disponibilidad para con el otro, se hace necesariamente compatible con no olvidarnos de nosotros mismos y estar atentos a lo que nos pasa mientras atendemos a lo que le pasa al otro. Desde este punto de vista, no solamente no interfiere, esta escucha, en la atención al otro, sino que se convierte en el mejor método de acompañamiento, ya que nuestras sensaciones, emociones y sentimientos se ponen al servicio de la mejor comprensión de lo que ocurre. El terapeuta es su mejor instrumento.
La segunda dirección de la escucha es de tipo externo y supone un mantener abiertos los sentidos para obtener una mejor captación de lo que el otro, en este caso el cliente, expresa. Afinar nuestros sentidos implica prestar atención no solo al contenido, y esta sin duda es una gran aportación de la Gestalt, sino a la forma en que se dice o expresa. La expresión es mucho más que el contenido de lo que se dice, y lo que expresa el cuerpo: el gesto, la postura, el tono de voz… adquieren gran relevancia,
puesto que aportan información, en muchas ocasiones, más sincera de lo que está ocurriendo. Las palabras, en muchas ocasiones, solo sirven para “tapar” o desvirtuar la emoción.
Lógicamente, este tipo de escucha está al servicio de un tipo de comunicación más auténtica en la expresión. La Gestalt aporta ciertas reglas para una comunicación más honesta: hablar en primera persona y en presente, responsabilizarse de lo que se dice, sustituir el “pero” por el “y”, los “por qué” por los “como”, las preguntas por afirmaciones, evitar las generalizaciones…
Al mismo tiempo, la comunicación se acompaña de una determinada actitud que va a facilitar el proceso. Desde el momento en que la labor del terapeuta es facilitar esa toma de conciencia respecto a la interrupción del proceso natural de satisfacción de necesidades, contacto con la emoción y acción consecuente para restablecer nuestro equilibrio, su labor se convierte en un acompañamiento activo que no permite la irresponsabilidad del cliente. Facilita la exploración, apoyando (en palabras de Claudio Naranjo) “la expresión autentica de sentimientos, conductas y deseos genuinos y frustrando y confrontándole con sus juegos manipulativos”.
Así definidas la visión del sujeto de la acción terapéutica, como la del psicoterapeuta, la relación se convierte en una experiencia que afecta a ambos, que es responsabilidad de ambos y que busca un equilibrio “de poderes” en la consecución del objetivo que ambos persiguen.
FRANCISCO HERRERA GARRIDO
Director de Centro de Psicoterapia Nahual
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