viernes, 28 de julio de 2017

¿Crees que los humanos nacen egoístas?

Los humanos son egoístas. Es tan fácil de decir. Lo mismo ocurre con las siguientes afirmaciones: La avaricia es buena; el altruismo es una ilusión. La cooperación es para los tontos. La competencia es natural; la guerra, inevitable. El mal es más fuerte que el bien en la naturaleza humana.
Este tipo de declaraciones reflejan suposiciones muy antiguas sobre las emociones. Por milenios, hemos considerado las emociones como el origen de la irracionalidad, de la bajeza y el pecado. La idea de los siete pecados capitales da por sentado nuestras pasiones destructivas. Platón comparaba el alma humana con un carruaje: el intelecto es el conductor y las emociones son los caballos. La vida es una continua lucha para mantener las emociones bajo control.
Incluso la compasión, la preocupación que sentimos por el bienestar de otro ser humano, ha sido tratada con completa burla. Kant la vio como un sentimiento débil y equivocado. Dijo: “tal benevolencia se llama corazón blando y no debería ocurrir en absoluto entre los seres humanos”.
Hay muchas preguntas acerca de si la verdadera compasión existe de verdad o de si es inherentemente motivada por el propio interés.
Estudios recientes de la compasión argumentan persuasivamente en favor de una perspectiva diferente en la naturaleza humana, una que rechaza la preeminencia del interés personal. Estos estudios apoyan un punto de vista racional, funcional y adaptativo de las emociones. Este punto de vista tiene sus orígenes en “La expresión de la emoción en el hombre y en los animales” de Darwin. Esta investigación sugiere que la compasión y la benevolencia son una parte evolucionada de la naturaleza humana, enraizada en nuestro cerebro y biología y lista para ser cultivada para el bien común.

Las bases biológicas de la compasión

Primero, consideremos el estudio reciente sobre las bases biológicas de la compasión. Si tal base existe, deberíamos estar programados, por así decirlo, para responder a los necesitados. La evidencia reciente respalda este punto de forma convincente. El psicólogo Jack Nitschke de la Universidad de Wisconsin descubrió que cuando las madres miraban fotografías de sus bebés, no solamente reportaban más amor compasivo que cuando miraban a otros bebés, sino que también mostraban una actividad única en la región de su cerebro asociada a las emociones positivas. El descubrimiento de Nitschke sugiere que esa región del cerebro está en sintonía con el primer objeto de nuestra compasión, nuestra descendencia.
Sin embargo, el instinto de la compasión no está limitado solamente a los cerebros de los padres. En un grupo diferente de estudios, Joshua Greene y Jonatahn Cohen de la Universidad de Princeton, encontraron que cuando los sujetos contemplaban el daño infligido a otros, una red similar de regiones en el cerebro se activaba. Nuestros hijos y las víctimas de la violencia, dos grupos muy diferentes, y, sin embargo, unidos por las reacciones neuronales similares que provocan. Esta consistencia sugiere fuertemente que la compasión no es solamente una emoción veleidosa e irracional, sino más bien una respuesta natural humana innata incrustada entre los pliegues de nuestro cerebro.
En otra investigación, realizada por la Universidad de Emory, los neurocientíficos James Rilling y Gregory Berns, dieron a los participantes la oportunidad de ayudar a alguien. Al mismo tiempo, se registraba su actividad cerebral. Ayudar a otros disparaba la actividad en el núcleo caudado y cíngulo anterior, las regiones del cerebro que se encienden cuando la gente recibe recompensas o experimenta placer. Este es un descubrimiento bastante notable: ayudar a otros da el mismo placer que obtenemos de la gratificación del deseo personal.
El cerebro entonces, parece estar programado para responder al sufrimiento de otros. Ciertamente nos hace sentir bien cuando podemos aliviarlo. Sin embargo, ¿hay otras partes del cuerpo que también sugieran una base biológica para la compasión? Pareciera ser que sí.
Consideremos el conjunto de glándulas, órganos, y sistemas cardiovascular y respiratorio conocido como el sistema nervioso autónomo (SNA). El SNA juega un papel principal en regular el torrente sanguíneo y los patrones de respiración para diferentes tipos de acción. Por ejemplo, cuando nos sentimos amenazados, nuestro índice cardíaco y respiratorio aumenta, preparándonos para la confrontación o la huida de la amenaza, la respuesta conocida como “lucha o huida”. ¿Cuál es el perfil del SNA en la compasión? Cuando los niños pequeños y los adultos sienten compasión por otros, la emoción es reflejada en cambios fisiológicos palpables. El índice cardíaco baja de los niveles de referencia, lo que prepara no para pelear o huir, sino para la aproximación y la calma.
Además está la oxitocina, una hormona que flota a través del torrente sanguíneo. Una investigación realizada en pequeños roedores conocidos como ratones de campo indica que la oxitocina promueve el compromiso y los lazos a largo plazo, así como el tipo de comportamiento que alimenta el desarrollo -como preocuparse por la descendencia- que yace en el corazón de la compasión. Tal vez puede contar en el abrumador sentimiento de afecto y conexión que sentimos hacia nuestra descendencia o hacia nuestros seres amados. De hecho, el amamantar y los masajes elevan los niveles de oxitocina en la sangre (tal como lo hace el chocolate). En algunos estudios recientes que he conducido, hemos encontrado que cuando las personas manifiestan comportamientos asociados al amor compasivo –sonrisas cálidas, gestos amistosos con la mano, inclinación hacia el otro- sus cuerpos producen más oxitocina. Esto sugiere que la compasión podría perpetuarse a sí misma: ser compasivos provoca una reacción química en el cuerpo que nos motiva a ser aún más compasivos.
La investigación de Nancy Eisenberg, tal vez la mayor experta en el desarrollo de la compasión en niños, ha descubierto que hay una expresión particular de compasión, caracterizada por cejas oblicuas y una mirada interesada. Cuando alguien muestra esta expresión, es más probable que ayude a otros. Mi trabajo ha examinado otra clave no verbal: el tacto.
La investigación previa ya ha documentado las importantes funciones del tacto. Los primates, tales como los simios grandes, pasan varias horas al día, acicalándose unos a otros, aun cuando no haya ningún piojo en su ambiente físico. Usan el acicalamiento para resolver conflictos, para premiar la generosidad de otros y para formar alianzas.
La piel humana tiene receptores especiales que transforman los patrones de estimulación táctil – la caricia de una madre o la palmada en la espalda de un amigo- en sensaciones indelebles y duraderas como los olores de la infancia. Ciertos toques pueden disparar la liberación de oxitocina, trayendo sensaciones de afecto y placer.
El tratamiento táctil de una rata cachorro abandonada puede revertir los efectos previos del aislamiento social, incluso hasta el punto de mejorar su sistema inmune.

Dacher Keltnero tiene la intención de documentar, por primera vez, si la compasión puede ser comunicada a través del tacto. Un descubrimiento así tendría varias implicancias importantes. Mostraría que podemos comunicar esta emoción positiva con manifestaciones no verbales, considerando que la investigación previa ha documentado ampliamente la expresión no verbal de emociones negativas tales como rabia y miedo. Este descubrimiento también aclararía las funciones sociales de la compasión- cómo la gente puede depender del tacto para calmar, recompensar y tejer lazos en la vida cotidiana.
En su experimento, puso a dos desconocidos en un cuarto en donde estaban separados por una barrera. No podían verse el uno a otro, pero podían tocarse a través de un orificio. Una persona tocaba a la otra en el antebrazo varias veces. Cada vez trataba de expresar una de 12 emociones que incluían amor, gratitud y compasión. Después de cada toque, la persona tocada tenía que describir la emoción que ellos pensaban que les habían comunicado.
Imagínese a sí mismo en este experimento. ¿Cómo cree que lo haría? Notoriamente, la gente en este experimento identificaba la compasión de manera fiable, así como el amor y otras 10 emociones a partir de los toques en el antebrazo. Esto sugiere fuertemente que la compasión es un aspecto evolutivo de la naturaleza humana, algo que somos universalmente capaces de expresar y entender.
Luis Francisco Navío Serrano

Centro de Psicología 

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