Desde
la antigüedad se ha tratado de localizar el alma. Las trepanaciones en sujetos
vivos encontradas en el período mesolítico ya son una indicación de cómo los
hombres han considerado el cerebro como el órgano de nuestra consciencia y
nuestra identidad.
Pero no es hasta los años 40 del S.
XX cuando la disciplina adquiere entidad cuyo objeto de estudio es establecer
la relación entre el cerebro y la conducta. La neuropsicología se inserta
dentro de las llamadas neurociencias.
Las neurociencias son un conjunto de
disciplinas que estudian las bases biológicas de la conducta desde diferentes
enfoques. Desde el estudio a nivel molecular y celular (la célula principal del
sistema nervioso es la neurona y las moléculas que permiten la comunicación
entre neuronas son los neurotransmisores) hasta la expresión de la actividad
cerebral en forma de pensamientos,
emociones y acciones. Dicho de otro modo, lo que llamamos “mente” emerge del
funcionamiento electroquímico de las neuronas y de sus conexiones. Nuestros
recuerdos, nuestros rasgos de personalidad, nuestra forma de ver el mundo y de
resolver problemas están codificados en las conexiones interneuronales. Desde
los años 90 del pasado siglo el progresivo desarrollo de las técnicas de neuroimagen
está permitiendo avances espectaculares en el conocimiento de estas
interconexiones y su relación con la conducta.
El cerebro es el órgano que nos
permite adaptarnos a nuestro ambiente, está en constante cambio; asimismo todo
lo que hacemos cambia nuestro cerebro y nos conecta con nuestro entorno creando
información nueva y recuerdos que serán útiles en el futuro. Sebastian Seung,
el neurocientífico que está detrás del Proyecto Conectoma Humano, propone una
metáfora muy evocadora de la relación entre la actividad neuronal y la
conectividad (se llama “conectoma” al mapa de las conexiones entre las neuronas
del cerebro): “La actividad neuronal
cambia constantemente. Es como el agua del arroyo; nunca se queda quieta. Las
conexiones de la red neuronal del cerebro determinan las vías por las que fluye
la actividad neuronal. Entonces el conectoma es como el lecho del arroyo. (…)
Porque es verdad que el lecho del arroyo guía al flujo de agua pero, con el
tiempo, el agua también da forma al lecho del arroyo. Y (…) la actividad
neuronal puede cambiar al conectoma. Y (…) la actividad neuronal es la base
física (…) de los pensamientos, los sentimientos y las percepciones. (…). La
actividad neuronal es el agua y el conectoma el lecho del torrente”.
Esta vertiente aplicada de la
neuropsicología, la neuropsicología clínica, se encarga específicamente de la
descripción, el diagnóstico y el tratamiento de las alteraciones cognitivas,
conductuales y emocionales secundarias al daño cerebral bien sea estructural o
funcional (accidentes cerebrovasculares, traumatismos craneoencefálicos,
epilepsia, infecciones cerebrales, tumores, anoxia, dificultades de
aprendizaje, alteraciones del neurodesarrollo, etc.). Su labor incluye la planificación, la aplicación y supervisión de
las actividades de rehabilitación, estimulación y psicoterapia. Además incluye
labores de asesoramiento, investigación y docencia.
El/la
profesional en neuropsicología debe
disponer de amplio conocimiento en el campo de las neurociencias y de la
psicología clínica; todo ello orientado desde una actitud sensible y cercana al
ser humano que le permita abordar esta problemática de un modo global e
integrador de manera que:
·
Además de tratar los déficits
secundarios a la lesión, busque mejorar la calidad de vida y bienestar de la
persona afectada y su entorno.
·
Promueva la convivencia e
integración social, así como la readaptación a una vida lo más normalizada
posible.
·
Cuente con el entorno familiar como
una parte importante de la problemática, necesitada de atención, apoyo e
intervención específica.
Guerrero
Rodríguez, Eva, Neuropsicóloga de ADACEA-Jaén
Lara
Espinosa, Lidia, Neuropsicóloga de ADACEA-Jaén
Pérez
Estrella, Rosario, Neuropsicóloga de ADACEA-Jaén
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